Hace poco empecé a atender a un papá que notó el cambio de a poco, casi sin darse cuenta. Su hijo de 13 años, que antes salía disparado al colegio, empezó a inventar dolores de guata los lunes por la mañana. Después vinieron las excusas para no ir a educación física, el celular que escondía apenas alguien se acercaba, y esa frase que se repetía cada vez que preguntaba qué pasaba: «nada, estoy bien». Hasta que un día encontró, por accidente, una conversación grupal donde se burlaban de su hijo sin parar.
(Como en todos los casos que comparto en este blog, los detalles fueron modificados para proteger la identidad de mis pacientes.)
«Me sentí pésimo por no haberlo visto antes», me dijo en la primera sesión. Es algo que escucho seguido como psicóloga de adolescentes: el bullying rara vez se anuncia con un golpe o un grito. La mayoría de las veces se esconde detrás de silencios, excusas y un «estoy bien» que no es cierto.
Por qué los adolescentes ocultan que sufren bullying
Hay razones muy concretas por las que un adolescente no cuenta que está siendo acosado, aunque esté sufriendo mucho:
- Vergüenza: muchos sienten que ser víctima de bullying dice algo negativo sobre ellos mismos, aunque no sea así en absoluto.
- Miedo a que empeore: la creencia de que contarlo en casa o en el colegio puede hacer que la situación se intensifique.
- Miedo a decepcionar: especialmente si sienten que sus padres esperan que «se defiendan solos» o que «no se dejen pasar a llevar».
- Normalización: a veces el acoso ha sido tan progresivo que el adolescente ya no distingue bien dónde está el límite entre una broma pesada y maltrato real.
Señales de que algo puede estar pasando
- Resistencia repentina a ir al colegio, o síntomas físicos (dolor de guata, de cabeza) concentrados en días específicos
- Cambios bruscos en el uso del celular: ansiedad al recibir notificaciones, o el extremo opuesto, evitarlo por completo
- Pérdida o daño frecuente de objetos personales, sin explicación clara
- Caída en el rendimiento escolar sin causa aparente
- Aislamiento social, incluso de amigos que antes eran cercanos
- Cambios de ánimo marcados después de estar en el colegio o de usar redes sociales
Cómo trabajamos con este papá y su hijo
En terapia, el trabajo se organizó en dos frentes paralelos. Con el adolescente, usamos herramientas de Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) para abordar algo que aparece casi siempre en estos casos: la creencia de que «algo está mal conmigo» que el bullying va sembrando con el tiempo. Trabajamos identificar esos pensamientos, ponerlos a prueba, y reconstruir una imagen de sí mismo que no estuviera definida por lo que otros decían de él.
También trabajamos habilidades concretas de afrontamiento: cómo responder (o no responder) en el momento del acoso, cómo pedir ayuda a un adulto sin sentir que eso lo exponía más, y cómo diferenciar entre resolverlo solo y necesitar apoyo, algo que no es debilidad, aunque muchos adolescentes lo sientan así.
Con el papá, el trabajo fue igual de importante: cómo acercarse sin generar más presión («¿por qué no me dijiste antes?»), y cómo coordinar con el colegio de forma firme pero sin que su hijo sintiera que perdía el control de la situación.
Qué pueden hacer los padres desde ya
- Crea espacios de conversación sin presión. Preguntar directamente «¿te están molestando?» rara vez funciona a la primera. Es más efectivo mantener conversaciones frecuentes y de baja intensidad, donde el adolescente sienta que puede hablar cuando esté listo.
- Observa los cambios de patrón, no solo las palabras. Muchas veces las señales están en la conducta (evitar el colegio, dormir mal, aislarse) antes que en lo que el adolescente cuenta.
- Involucra al colegio con calma y evidencia. La mayoría de los establecimientos tienen protocolos de convivencia escolar. Acercarte con información concreta suele ser más efectivo que llegar solo con la sospecha.
- No minimices ni sobredimensiones. Frases como «son cosas de niños» invalidan lo que el adolescente siente. Al mismo tiempo, reaccionar con pánico extremo puede hacer que el adolescente sienta que perdió el control de contarte las cosas.