Hace poco empecé a atender a una adolescente de 16 años que había vivido, ese mismo mes, tres crisis parecidas: eran las once de la noche cuando llamó a su mamá desde su pieza, con la voz cortada, diciendo «no puedo respirar, siento que me voy a morir». Su mamá la llevó a urgencias las dos primeras veces. Los exámenes salían normales. «Es ansiedad», le dijeron. Pero saber el nombre no le devolvía la tranquilidad a nadie.
(Como en todos los casos que comparto en este blog, los detalles fueron modificados para proteger la identidad de mis pacientes.)
Esta escena se repite, con distintos rostros, en muchas casas. La ansiedad en adolescentes es una de las razones de consulta más frecuentes en mi práctica como psicóloga de adolescentes, y muchas veces llega disfrazada: dolores de guata antes del colegio, insomnio, irritabilidad, o esa sensación descrita como «me voy a morir» que en realidad es una crisis de pánico.
Por qué la adolescencia es un terreno fértil para la ansiedad
El cerebro adolescente está en plena reorganización. Las zonas encargadas de regular las emociones (como la corteza prefrontal) todavía se están desarrollando, mientras que las que detectan amenazas (como la amígdala) ya funcionan a toda máquina. A eso se suma la presión social, académica y, cada vez más, la que llega desde las redes sociales. El resultado: emociones intensas, que a veces se sienten más grandes que la capacidad del adolescente para manejarlas.
Qué trabajamos en terapia
En terapia, el primer paso no fue «hacer desaparecer» la ansiedad —eso no es realista ni es la meta—, sino ayudarla a entender qué le estaba pasando en el cuerpo y en la mente durante una crisis. Con el enfoque de Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), trabajamos tres frentes:
- Psicoeducación: explicarle qué es una crisis de pánico y por qué, aunque se sienta como un peligro real, el cuerpo no está en verdadero riesgo. Entender esto reduce el miedo al miedo, que es lo que mantiene el círculo funcionando.
- Pensamientos automáticos: identificar frases como «me voy a morir» o «esto no va a parar nunca» y aprender a cuestionarlas con evidencia, no con frases genéricas de «tranquilízate», que rara vez funcionan en el momento.
- Herramientas de regulación: técnicas de respiración y anclaje que practicó primero en calma, para poder usarlas después cuando la ansiedad subía.
Con su mamá trabajamos algo igual de importante: cómo acompañar sin reforzar la ansiedad. Es un equilibrio difícil, porque el instinto de cualquier padre o madre es evitar que su hija sufra, pero evitar cada situación que genera ansiedad (dejar de ir al colegio, evitar salidas) termina, a largo plazo, alimentando el problema en vez de resolverlo.
Señales de ansiedad que vale la pena observar
- Dolores físicos frecuentes sin causa médica clara (dolor de guata, de cabeza, náuseas)
- Evitar situaciones sociales o escolares que antes no representaban un problema
- Dificultad para dormir o pesadillas recurrentes
- Irritabilidad o explosiones de rabia que en realidad esconden miedo
- Necesitar reaseguro constante («¿de verdad estoy bien?», «¿seguro que no va a pasar nada?»)
Ninguna de estas señales, por sí sola, significa que hay un trastorno de ansiedad. Pero si se repiten y empiezan a limitar la vida del adolescente, es momento de pedir una evaluación profesional.
El rol de los padres en el proceso
Algo que le repito mucho a las familias que llegan a consulta: no se trata de tener las palabras perfectas para calmar a un hijo o hija en crisis. Se trata de estar presente, sin pánico propio, mientras el adolescente aprende —con apoyo profesional— a construir sus propias herramientas.
Si tu hijo o hija está viviendo algo parecido, no tienes que resolverlo solo o sola. Puedes escribirme para conversar sobre cómo la TCC puede ayudar en su caso particular.
Nota: si tú o tu hijo/a están atravesando un momento de mucha angustia, recuerda que buscar ayuda profesional es un paso importante y no hay que esperar a que la situación empeore para pedirla.